
Lo que sigue es una reflexión que dormita en mis pensamientos desde hace tiempo y que rescato para compartirla, pues pesan sobre mí muchas dudas al respecto.
Es sabido que los docentes de Lengua y Literatura debemos actuar de guías de nuevos lectores. Llevo muchos años leyendo libros que por mí misma no elegiría, pero lo hago pensando en atraer al mundo de la ficción literaria a alguno de mis alumnos. La experiencia me dice que son minoría, pero el esfuerzo vale la pena.
Este curso tengo a una alumna nueva en 3º de ESO que es una lectora voraz. Desde que ha empezado el curso, se lee un libro por semana. A la necesidad de satisfacer este placer, se une el de comentar conmigo las historias. Sabe que lee y comprende bien, pero quiere más. Le gusta conocer mi opinión, aunque sea negativa. Disfruta argumentando qué escenas o pasajes la han conmovido o dejado indiferente. Me gusta ser su mentora.
Eligiendo títulos para ella, me leí
Cielo abajo de Fernando Marías, y fue entonces cuando volví sobre mis pensamientos. Insisto en que puedo estar equivocada, pero creo que muchas obras que se venden bajo la etiqueta de literatura juvenil bien podrían catalogarse como literatura adulta. Mi sospecha es que muchos autores prefieren su publicación en este género, antes que dejar sus originales olvidados en un despacho editorial. Me pasó con
Cielo abajo, pero anteriormente tuve esta misma sensación con
Días de Reyes Magos de Emilio Pascual.
Es solo una conjetura. Parece como si las obras en las que el protagonista es un adolescente tienen un lugar asegurado en el
canon de la literatura juvenil.
Así como la literatura adulta ha entrado en las listas de lecturas recomendadas para jóvenes (sobre todo en 2º Ciclo de ESO y bachillerato) de la mano de autores como Marsé, Millás, Cortázar y otros, el fenómeno inverso apenas si existe.
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