Más allá de paisajes bucólicos de la sabana africana, de la estampa de pequeños poblados de casas hechas de barro y paja, de grandes extensiones de cultivo de trigo, mijo, algodón y cacahuete, de la visión de los rebaños de bueyes famélicos y del griterío de las cabras atadas en hitos a pie de carretera, de bosques de teca e impresionantes ejemplares de baobabs, de una meteorología extrema (sol y lluvias tropicales), de contemplar el cielo inundados de estrellas ... Más allá de todo esto, he visto de cerca un país que lucha por salir de la pobreza (Togo). He visto el esfuerzo, la generosidad y el afán de servicio de quienes trabajan para que el país avance y aprenda a autogestionarse en un futuro.
He conocido desde dentro un modus vivendi muy alejado de las comodidades de Occidente. Ir al pozo a buscar agua, cocinar con carbón, lavar la ropa a mano, sembrar y labrar la tierra, cargar bebés a la espalda con le pagne, cargar, en grandes marmitas, agua y todo tipo de alimentos y pertenencias, amasar incansablemente el trigo... todo esto forma parte de la rutina de los hombres y mujeres, niños y niñas togoleses. Hombres y mujeres que difícilmente llegarán a viejos. Niños y niñas que son adultos antes de crecer. Jóvenes y mayores que, al levantarse, no saben qué comerán, y muchos no saben ni si comerán.
He visto la hospitalidad de las gentes, la fidelidad a las costumbres más ancestrales de dar agua a les invités antes de iniciar la conversación, y de compartir la bebida tradicional, el chapaló, antes de la despedida. Beber se convierte así en un gesto incondicional de amistad, en un signo de hermanamiento.
He visto dar más de lo que tienen (gallos, gallinas, huevos ...) en señal de agradecimiento. He visto correr a los niños entre los campos de trigo atraídos por el ruido de la furgoneta de los "yobó-yobó" (los blancos) y salir a los caminos con la única esperanza de intercambiar una sonrisa o un saludo con la mano. He visto niños -sí, niños- conduciendo rebaños de bueyes. Y mujeres con haces de leña, sacos de carbón y trigo en la cabeza caminando largas distancias por caminos y carreteras.
De madrugada, me ha despertado el ruido de las niñas que, agachadas, barren las cenizas y el polvo del día anterior, y limpian y apilan las marmitas para ir a buscar agua al pozo, y la joven que aviva el fuego de la cocina de carbón para hacer buñuelos que venderá en su pequeño comercio. He contemplado silenciosa a la madre que amamanta a su bebé bajo el mango, mientras prepara el trigo, y me he sorprendido al ver al vecino, un chico de 18 años que dirías que tiene 13, que ha venido a matar a una gallina con un cuchillo que da miedo. Y, claro, me he levantado con la ilusión de ver a los niños que esperaban que saliéramos de casa para tomarnos la mano y acompañarnos hasta la carretera. He oído cada mañana el trasiego del joven que muele el trigo en el molino y me saluda con la cara y las manos enharinadas, el runrún de las conversaciones de los que se sientan bajo el gran manguier y que no entiendo porque hablan en Moba, el motor de las moto-taxi que circulan dispuestas a cargar dos o tres personas (¡da igual!), el ruido de los cláxones de los camiones de mercancías que cruzan la ciudad (el país) desafiando el mal estado de la calzada y esquivando hombres, mujeres, jóvenes y niños que caminan, caminan, caminan ...
Hombres, mujeres, niños y niñas que viven en una estructura familiar más cercana a la idea de comunidad que a la de la concepción de la familia tradicional de Occidente. La familia africana y la casa donde vive son entornos abiertos y, muchas veces, de tránsito donde se practican la cohabitación, los reagrupamientos y la acogida.
El régimen de cohabitación no es más que el alquiler de una habitación con derecho a compartir los espacios comunes de la casa, como son el patio y las letrinas - cuando las hay-. Los reagrupamientos familiares son habituales porque las familias son muy extensas y los que tienen más recursos - lo cual no significa que sean ricos- acogen en su casa tíos, primos, sobrinos ... Todos son bienvenidos. Todos son la familia. La acogida de niñas huérfanas también es una fórmula socialmente aceptada que pretende disminuir los efectos de un problema de grandes dimensiones, dado el elevado número de niñas sin familia. Estas huérfanas, también llamadas les bonnes, se hacen cargo de las tareas del hogar, a cambio de tener un techo, un plato y, en muchos casos, acceso a la escuela.
He visto maestros que luchan por la alfabetización en aulas masificadas con 90 y 100 alumnos, entre cuatro paredes y bancos de madera. Aulas sin recursos materiales, donde el maestro es una persona respetada y la obediencia, un valor incuestionable.
He visto hombres, mujeres, jóvenes y niños que viven en un país con una red sanitaria muy precaria, donde el fantasma de la malaria y de otras enfermedades se lleva muchas vidas por delante. Demasiadas.
Más allá de paisajes y costumbres, he visto miradas a la vez tristes y esperanzadas, sonrisas, medias sonrisas y carcajadas. He apretado manos que hablan del esfuerzo de una vida nada fácil, de una vida en la que lo que importa es el presente, el hoy, el ahora mismo. Manos que tocan al ritmo de los tam tams para entonar cánticos de celebración, de alegría . A pesar de todo.