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21 de abril de 2009

¿Qué diría Cortázar?

Supongo que nada. Cortázar no diría nada. ¿O quizá, sí? Probablemente, se molestaría al comprobar que sus instrucciones se han convertido en un clásico de las clases de lengua, fin para el cual no fueron escritos. Echando mano del recurso de la imitatio auctoris, ¿quién no las ha usado para proponer a sus alumnos la escritura de textos intructivo-literarios? 
Soy una docente de lengua más que ha puesto en práctica este ejercicio de expresión escrita y, como sé que visitan este blog algunos docentes, funcionarios en ciernes, me ha parecido oportuno explicar el proceso (simple, por otra parte), y mostrar los resultados de los alumnos de 2º de ESO (con la venia, don Julio).

Antes de iniciar la secuencia, y sin que supieran nada de ella, mandé a los alumnos que anotaran en su cuaderno la lista de acciones cotidianas que realizan a lo largo del día. Todas, por insignificantes que fueran. Sólo la lista. Comprobamos que nuestra rutina está llena de acciones en las que no prestamos atención. Esta reflexión dio pie a la lectura de tres textos (Intrucciones para cantar, instrucciones para llorar e Intrucciones para subir una escalera). Se leyeron en clase, por este orden, y se abrió un pequeño coloquio con las impresiones que despertaron en los alumnos ("-¡Qué tontería, profe", "Ah, pues a mí me gustan"). Sus comentarios se anotaron en la pizarra y se fue construyendo un mapa de ideas que nos sirvió para llegar a estas conclusiones: Se trata de textos que describen acciones para las cuales no nos hacen falta instrucciones.
Ahí está la originalidad. Lo entendieron enseguida.

Retomamos la lectura para entresacar no sólo la idea o intención, sino los rasgos lingüísticos (uso de las formas verbales, nexos secuenciales) y literarios, principalmente la ironía.  Así fueron reconstruyendo las principales características de este tipo de textos (orden e imperatividad).

A continuación, leímos dos textos más, uno con las instrucciones para cepillarse los dientes y otro con los pasos para montar una silla plegable y dedicamos el resto de la sesión a ver una selección de vídeos del portal How cast (Ej: ¿Cómo limpiar la cafetera? | ¿Cómo preparar huevos pochados? ), que aunque están en inglés, hicieron el esfuerzo de entenderlos -integración de competencias o transversalidad, lo llaman-.
Comparamos unos y otros con los de Cortázar para llegar a otra conclusión: Los primeros eran textos útiles; los segundos, no. Así lo expresaron y no entré en el debate de la utilidad de la literatura, que me reservo para el próximo curso. 

El siguiente paso fue empezar el proceso de escritura de un texto instructivo "útil" o cortaciano. Lo primero fue elegir una acción cotidiana de las que ellos mismos habían hablado en la primera sesión. Era conditio sine qua non que cada uno eligiera una distinta y no era indispensable ilustrar el texto, aunque muchos lo hicieron con ayuda de pequeños vídeos o diaporamas. 

La última sesión consistió en la publicación en el blog, lo que ha permitido que leyeran sus producciones entre sí y las valoraran.



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10 de diciembre de 2006

Fulgores de J. José Millás

Buscar textos que se avengan a los contenidos del currículum es un ejercicio al que los profesores de lengua estamos bastante habituados. Y los puentes largos, un buen momento para ello.

Hoy andaba buscando textos y, entre los recortes de prensa que voy acumulando, me ha salido este texto de Millás, Fulgores.
Se trata de un texto instructivo -que recuerda los clásicos de Cortázar ("instrucciones para...")- en el que, como es característico de Millás, se borran los límites entre ficción y realidad.

Acababa de leerlo, cuando he sabido la noticia de la muerte del dictador Pinochet. Entonces, las últimas palabras del texto han adquirido un nuevo sentido, fruto de las circunstancias.


Instrucciones para tener una experiencia rara: cómprese (mejor a plazos) una cinta de correr y andar y hágale un hueco en el dormitorio. Las hay con diversas prestaciones, en función del precio, pero basta con que tenga dos o tres velocidades para aumentar el ritmo una vez que se le hayan calentado los músculos. Súbase a ella, póngala en marcha y comience a caminar. No le preocupe no ir a ningún sitio; es más, disfrute de la curiosa sensación de andar sin desplazarse. Acepte el absurdo como parte del juego y extráñese del curioso paisaje formado por la cama, el armario empotrado, el tocador, quizá el galán de noche con sus hombros desnudos y una corbata colgándole de cualquier parte, a la manera de una víscera.

Cuando lleve diez minutos andando, aumente un poco la velocidad de la cinta y cierre los ojos. Ahora, mientras camina a ciegas, sufrirá la experiencia más rara que quepa imaginar. Notará enseguida que, más que andar sobre una cinta móvil, se mueve en realidad por el interior de usted mismo. No verá nada, porque no hay nada más oscuro que un cuerpo ni más negro que la conciencia, pero enseguida comenzará a percibir sonidos familiares, quizá el ruido de un par de palas golpeando alternativamente a una pelota. Eso quiere decir que ha llegado usted a una playa, quizá la playa de su infancia. A medida que avance, los golpes sonarán más cerca de sus oídos. Quizá tenga suerte y se produzca dentro de usted un fulgor, una especie de fuego fatuo que le permita ver por unos instantes a los jugadores: tal vez su padre y su hermano mayor, tal vez usted mismo y un amigo.

Quien habla de la playa, habla del patio del colegio. Las experiencias son de lo más variado, depende de la concentración que se ponga en el paseo y de la biografía del usuario de la cinta. Hay personas que cuando llegan a uno de estos lugares prefieren reducir (siempre sin abrir los ojos) la velocidad del aparato y caminar a ritmo de paseo. Hay, por el contrario, quienes echan a correr. Corriendo mucho, si la cinta es muy buena, puedes llegar al útero mismo de tu madre en una sola sesión. Se recomienda volver a la realidad poco a poco. Algunas cintas tienen marcha atrás.