19 de enero de 2009

"He venido a la escuela porque me gustaría aprender a escribir"


La autora de la frase no es otra que una anciana de 82 años que se personó en la puerta de un colegio en busca de un maestro que la enseñara a escribir. Cuando leí la historia de Mari en la columna de Rosa Montero (13.01.09), me acordé de otra historia con tintes similares.
Cuando yo era una treceañera algo despreocupada, ocurrió en casa algo insólito. Mis padres quisieron asegurar a la señora que cuidaba de mi abuela, pero se encontraron con que no tenía ningún tipo de identificación. Iniciaron, entonces, un periplo administrativo para conseguir su partida de nacimiento y así poder tramitar su documentación. Las pesquisas llevaron a mi padre a un pueblo andaluz en el que no existían los archivos anteriores a la Guerra Civil, porque se habían destruido durante la contienda. El párroco accedió a expedir una partida de bautismo, en la que se anotó una fecha de nacimiento aproximada. Mi Mari nunca supo la edad que tenía. El día que mi padre la acompañó a las oficinas del DNI (nunca había tenido hasta entonces), se avergonzó de no saber escribir su nombre. 
Desde ese día, se sentaba a hacer los deberes con mi hermana y conmigo. Nos observaba con una admiración sin límites, así que decidimos enseñarle a leer y a escribir lo suficiente como para que pudiera ir al mercado sin tener que preguntar los precios a las vendedoras y para que pudiera saber qué día señalaba el calendario de la cocina. Aprendía con interés, pese a sus dificultades por coger el lápiz.  El día que logró escribir su nombre, supo que ya no volvería a ser la misma. Descubrió el milagro de la escritura.

16 comentarios:

  1. Sé perfectamente a lo que te refieres, Lu. Nunca en estos años de docencia me he sentido tan extraño como el día que vino la abuela de una alumna a pedirme -como tutor- que el dinero de la beca, se lo diera "a la niña, no a su padre, que se lo gastaría en drogas y vino.. Le ayudé a rellenar el impreso de beca a aquella anciana mujer y a la hora de firmar el documento, me dijo, entristecida: "¡ay, hijo, si yo no sé escribir". Traté de tranquilizarla, de no darle mucha importancia y de que hiciera un garabato, pero durante aquel viernes no se fue la imagen de aquella pobre mujer que hablaba medio en gallego, medio en castellano y que no sabía escribir. Y, claro, tampoco la imagen de su nieta y de lo que habría en aquella casa...

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  2. Anónimo9:26 a. m.

    Hoy en día, ¿qué alumno tiene ese propósito?

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  3. Nos vamos olvidando (quizás, afortunadamente) de lo que suponía esta situación y, sobre todo, de lo que suponía para las personas que no habían tenido acceso a la escritura. No puedo ni imaginar el cambio que dominar la lengua escrita originaba en la vida de esas personas.
    Tendríamos que intentar que nuestros alumnos y alumnas visualizaran el gran privelegio que tienen por poder acceder a una escuela normalizada, por poder acceder a la escritura, por poder acceder a la cultura...
    Son logros bastante recientes, en muchos casos, y que están muy lejos de conseguirse en gran parte de los países del mundo.
    ¿Ir a la escuela un horror? Ni mucho menos, un privilegio que debemos aprovechar.

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  4. Lu, no sabes cómo me llega este post de hoy. Precisamente estoy impartiendo un taller de comprensión oral y escrita a personas mayores (la mayoría de ellas, mujeres) como ampliación de otro que cursan de alfabetización.
    La experiencia es indescriptible, la sensación de saber que les estás ayudando a cumplir un sueño, a alcanzar unas metas, es abrumadora.
    En realidad, no sé quién ayuda más a quién: si yo a ellos, o ellos a mí...
    Un abrazo

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  5. El "puedo y no quiero" frente al "quiero y no puedo" esa es la gran diferencia entre el hoy y el ayer. Quizás no hemos sabido enseñar lo que cuesta y ha costado vivir a algunas personas mayores. Un saludo, Jesús.

    P.D. Aunque me duele generalizar, porque entre los jovenes hay mucha gente con ganas de aprender y de hacer cosas.

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  6. En mi familia, prácticamente todas las mujeres con más de setenta años son analfabetas, así que debo entender que el perfil que comentas es mucho más habitual de lo que parece, sólo que pocas de estas personas tienen el coraje y la voluntad de "salir del armario" del analfabetismo.
    Con nuestros alumnos tenemos un problema: son analfabetos sin darse cuenta de ello. Creen que saben leer y escribir, cuando en muchos casos sólo juntan letras mejor o peor. No se darán cuenta de ello hasta que tengan que sobrevivir en sociedad. Quizá dentro de unos años los veamos a la puerta del instituto pidiendo que les enseñemos a leer.

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  7. Marcos, una vez tuve que disimular que no entendía una nota que había escrito la madre de un alumno, de tantas faltas como tenía. Pensé guardarla, pero no lo hice, por respeto.

    Anónimo, como dice Maquinista, hay alumnos que sí tienen interés por saber leer y escribir correctamente. Ahora bien, el empeño de esas ancianas "guerreras" pocos jóvenes lo muestran.

    Esteruca, admiro a los profesores de alfabetización. Conozco su labor y esa sensación de la que hablas. El sentirse útil por enseñar y recibir muestras de agradecimiento.

    Maquinista, es cierto que lo que se consigue sin esfuerzo se valora menos. Mi abuelo era maestro y me cuentan que visitaba a las familias para convencer a los padres de que sus hijos debían ir a la escuela.
    Los niños que tenían la suerte de acudir se sentían felices de poder aprender a leer y a escribir y las reglas básicas.

    Antonio, hoy se habla de analfabetos funcionales. ¡Qué triste acuñación para unos jóvenes que aun teniendo la posibilidad de ser escolarizados abandonan la etapa educativa sin saber leer y escribir correctamente!

    Blogge@ando, a veces, cuento esta situación a mis alumnos. Se sorprenden, pero no alcanzan a entender la importancia de lo que tienen y aprenden.

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  8. Como dice la cita que abre el último libro de D. José Saramago: "Siempre acabamos llegando a donde nos esperan". Tal vez el destino, o al menos uno de ellos, que múltiples pueden ser, de esta anciana señora, fuera estar hoy en este post, en este "nostálgico" post, para hacer recordar a tus lectores lo importante de las buenas acciones y de la lectura o la escritura.
    Pues eso, "bienhallada", señora.

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  9. Historias como ésta demuestran el poder de la escritura y la lectura. Actualmente es cada vez más frecuente que no le demos importancia. Eso, aunque es triste, es señal de que hay más alfabetización. La pena es que no hay mucha más cultura ni sabiduría en bastantes individuos de los que saben escribir y leer.

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  10. Yo también leí la columna de Rosa Montero y sentí lo que han expresado otros en los comentarios anteriores: miles de alumnos tiran hoy por la borda sus posibilidades de progreso personal y académico por su falta de interés o quizá porque aún no saben apreciar lo que vale el aprendizaje. Todo les da igual pero dejan los estudios sin una meta clara. Muchos se arrepienten después, cuando el estudio les resulta más difícil. Yo he conocido varios casos así. Es lo peor de esta profesión, ver cómo el esfuerzo de tantos sólo encuentra encogimientos de hombros o incluso desprecio en algunos. Los que trabajan con adultos dicen que es muy gratificante ver cómo personas incluso ancianas tienen unas ganas increíbles de aprender. ¿Por qué quienes lo tienen todo no lo aprovechan? La pregunta del millón.
    Un abrazo.

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  11. Conozco el caso de una viuda de ochenta años que está cursando la ESO sacando en todo excelentes. Le dedica muchísimo tiempo. Su hija y yerno ven en esto una excentricidad, cuando lo que tendría que hacer es cuidar a la nieta, pero yo, sin entrar en polémica con ellos, aplaudo esa pasión por aprender, y ya me gustaría que viniera a nuestro centro a explicarles a los alumnos desertores (abundantísimos)lo que vale la cultura, y lo que cuesta conseguirla. Y el orgullo y satisfacción que produce.

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  12. Para mí, dar clases a un curso con carencias y ganas de aprender es mucho más gratificante que hacerlo a uno de list(ill)os.

    Mi amiga y compañera Ana ha publicado un buen ejemplo de esto en su blog.

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  13. Una historia muy interesante, Lu. Siempre he pensado que dar clase a personas mayores debe ser inenarrable.
    Un saludo

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  14. Por cosas como estas me doy cuenta de porqué soy profesora. Hace poco una compañera escribía en su blog que se sentía orgullosa de enseñarle a una de sus dos alumnas( con un promedio de edad de 70 años) a escribir su nombre correctamente(Visitación). Ella en concreto se había apuntado a su clase porque ya ni se atrevía a escribir notas cuando iba a comprar el pan o algo similar porque se reían de ella sus hijos y su marido.Yo misma reconozco, mea culpa, de haberme sonreido de mi madre (mi mejor docente)con algunas palabras de la lista de la compra.Te enlacé en mi web, me gustaría que la visitases www.declase.es

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  15. Hola Nieves,
    Yo también me he sonreído ante la mala o deficiente escritura de los mayores. De niña, jugaba imitando el temblor de mi abuela cuando escribía.

    El tiempo pasa y todo se ve con otros ojos. Hoy admiro la voluntad de los adultos que se esfuerzan por aprender. ¿Cómo debe sentirse uno sin saber qué aspecto tiene su nombre?

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  16. Tuve la alegría de enseñarle a leer a dos amigas. Y pienso que no es tan fácil, pero tampoco tan difícil, si todos le enseñáramos a alguien más no habría analfabetas. Valdría la pena el esfuerzo.
    Saludos.

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